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Un compañero ha muerto
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Salamanca/¿Qué pasó en Cuba para que Hugo Consuegra tuviera que esperar seis décadas entre su última exposición personal y la recién organizada en La Habana? Entonces tenía 35 años, usaba chaqueta o guayabera, quizás fumaba –no hay arte sin humo– y no se había ido del país. Ahora es un fantasma, un fantasma bastante joven porque murió en 2003, pero no más que eso. El espectro de un pintor exiliado, que cultivó la abstracción y a quien los críticos apenas dedican un puesto en alguna enumeración.
Pasaron 35 años entre el nacimiento de este hombre en 1929 hasta su última exposición en La Habana; 60 entre esa muestra y la que todavía alberga el Museo Nacional de Bellas Artes; y más de 20 entre su muerte y esta página. En esos hiatos el tiempo lo trastornó todo. Se hizo y se pervirtió una revolución, millones fueron desterrados, el arte vivió también sus pequeñas revueltas, pero se disolvieron. Se disolvió todo un país.
Consuegra aparece en La Habana como un fantasma entre los fantasmas, para dar testimonio de ese gran trastorno
Consuegra aparece en La Habana como un fantasma entre los fantasmas, para dar testimonio de ese gran trastorno. Los títulos de sus 41 piezas –15 de ellas dibujos que son casi manchas– se convierten en ecos de la historia que le tocó vivir y la que le tocó oír, desde su exilio en Nueva York. Es un acto de total sinceridad que la exposición que intenta recuperarlo se llame (des)Arraigos.
Muy inquietante fue la intervención del director del museo, Jorge Fernández, para quien Consuegra es un fenómeno anterior a nuestra era: b. C., before Castro. Un animal que pertenece a la “década compleja” de los 50, “que se está revalorizando”. Afirma que quedaron fuera dos obras suyas y uno se muere de ganas de saber por qué. A Fernández le molestan títulos como Bienvenidos al infierno, con la solidez de un piñazo, o su idea de las “pinturas protesta” en 1966, cuando vuelve a la figuración como gesto de advertencia contra el régimen.
En Rey obcecado, pequeño dibujo de 1959, una extraña figura eleva los puños como en una tribuna. No hay que pensarlo mucho para adivinar quién es. Un compañero ha muerto # 1, de 1962, representa la sombra de un militante ahorcado. En el # 2 el difunto está en el suelo y de su pecho –más bien de sus vísceras– sale un manchón que podría ser el alma, el alma de un comunista aterrorizado por su inmortalidad. Y finalmente… la negación de la negación: el supremo trabalenguas del marxismo completa el teorema.
El artista demostró que no iba a serle fiel a ningún canon. Expresionismo abstracto, sí, pero a su manera
Consuegra, desde luego, es mucho más complejo que su ideología. Miembro de la “polémica hornada” –otra vez la corrección política del museo hace de las suyas– de Los Once, el artista demostró que no iba a serle fiel a ningún canon. Expresionismo abstracto, sí, pero a su manera. Su autobiografía Elapso tempore, publicada por Ediciones Universal en Miami y que Fernández confiesa haber leído casi a escondidas, es ya bastante difícil de conseguir.
Habanero, formado como arquitecto y pianista, merecedor de decenas de premios, hay obras de Consuegra en lugares tan antagónicos como la ortodoxa Casa de las Américas o la sede de la Organización de los Estados Americanos, en Washington. El Museo Nacional de Bellas Artes tenía en su depósito bastantes piezas suyas, pero no les había dado protagonismo –cómo atreverse– hasta ahora, por iniciativa de la curadora Yahima Rodríguez.
“Demasiados creadores han sido convertidos, en el mejor de los casos, en no personas en la Isla"
Uno de sus estudiosos, Armando Álvarez Bravo, resumió la guerra de la Revolución contra Consuegra en un párrafo antológico: “Demasiados creadores han sido convertidos, en el mejor de los casos, en no personas en la Isla, han sido borrados de los anales oficiales y, si exiliados, han tenido que padecer, además de su expulsión a las tinieblas exteriores, el peso antagónico de la cómplice maquinaría académica, cultural, política y de los medios simpatizantes del castrismo o a su servicio. Una maquinaría que, además de negar a los verdaderos valores, ha exaltado a demasiados mediocres”.
Vayan a ver a Hugo Consuegra ahora que pueden. No les hablo a los fantasmas felices que, como yo, ya no están allí, sino los que puedan darse el lujo de pagar 30 pesos –¡la cifra de Judas!– por ver cómo en Cuba se realiza la enésima exhumación de un compañero muerto.
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