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De aquellos polvos, estos lodos

En las elecciones de febrero de 1990, Violeta Chamorro (centro) derrotó al comandante sandinista Daniel Ortega (derecha)
Julio Blanco C.

18 de octubre 2015 - 14:36

Managua/Uno de los muchos logros propagandísticos de los Castro ha sido el de "borrar" de las páginas de la historia el reguero de miseria, destrucción y muerte que dejaron a lo largo de décadas allende los mares.

El trato preferente y respetuoso que se le dispensa a Raúl Castro allá donde va, no puede menos que espantar a muchos que como nosotros caímos en la trampa de creer en las peroratas quiméricas y empalagosas de su hermano Fidel.

Nosotros aquí en Nicaragua llevamos la peor parte, fuera –claro está– de la desventurada Cuba, que hasta hoy continúa padeciendo las consecuencias de haber entregado su destino a unos mitómanos narcisistas.

La situación actual de Venezuela no se compara ni remotamente con lo que tuvimos que afrontar, sin la inestimable ayuda del oro negro, que por muy barato que esté, constituye un salvavidas extraordinario que ha evitado que la patria de Bolívar descienda al infierno de miseria extrema que a nosotros nos tocó vivir.

La conjura empezó la misma madrugada del 26 de febrero de 1990, en la que se desmoronaba cual castillo de naipes la revolución sandinista

Y como las desgracias nunca vienen solas, atravesamos por ese mar de calamidades, en medio de una guerra civil que se llevó a 50.000 de nuestros jóvenes y dejó una cantidad similar de mutilados; eso sin contar las miles de viudas y huérfanos, además de la infraestructura del país, que quedó completamente en ruinas.

El mundo no lo supo o rápidamente se olvidó de nuestra tragedia, porque sabido es que donde no hay conflicto no hay noticia. Y si no hubo un nuevo conflicto al final del experimento comunista, fue en buena medida gracias al carácter apacible y conciliador de doña Violeta Chamorro, la primera mujer electa democráticamente para presidir un país en América Latina.

Fue pues doña Violeta, esa gran señora simple y chabacana como ella sola, quien logró con amor de madre lo que parecía imposible en un país gravemente dividido y polarizado: una transición democrática y pacífica.

Sin embargo, con el paso del tiempo el pueblo se fue enterando que aquella transición no era más que un caramelo envenenado, porque así lo habían decidido los jerarcas del sandinismo, quienes conservaron la jefatura del ejército hasta 1995.

La conjura empezó la misma madrugada del 26 de febrero de 1990, en la que –ante el peso implacable de los votos–, se desmoronaba cual castillo de naipes la revolución sandinista.

Cuando ya era evidente que la tendencia era irreversible, la siempre etérea y espectral Rosario Murillo, mujer de Daniel Ortega, increpó a sus incondicionales para que no se dejaran vencer por el derrotismo y la frustración. Volveremos, prometió amenazante.

Seguramente había muchas cosas por definir en sus cabezas, aún más en ese momento de confusión y desconcierto, pero había algo que estaba completamente claro: a partir de ese momento utilizarían todos los medios que provee una sociedad abierta para demoler sus instituciones desde adentro.

Habían aprendido por las malas que, aunque el objetivo seguía siendo el mismo (la toma del poder), el método tradicional de la lucha armada estaba completamente obsoleto.

La señora Murillo, en un intento desesperado por elevar la moral de sus huestes, empezó a cantar una famosa canción revolucionaria de Carlos Mejía Godoy (tío del salsero Luis Enrique), cuyo estribillo dice así:

"No se me raje mi compa, no se me ponga chusmón, que la patria necesita su coraje y su valor.

No se me raje mi hermano, no me vuelva a ver pa’ tras, la milpa está reventando y es tiempo de cosechar."

El Frente Sandinista fue el primer partido de izquierda radical en fingir un proceso de transición hacia la socialdemocracia al estilo europeo; vegetariano, diría Carlos Alberto Montaner, y respetuoso del statu quo. Se cambiaron las formas pero nunca el fondo.

El Frente Sandinista fue el primer partido de izquierda radical en fingir un proceso de transición hacia la socialdemocracia al estilo europeo

Se abandonó el verde olivo para siempre, puesto que Ortega empezó a vestir de blanco impoluto. Vaya paradoja! qué ropa tan blanca sobre un alma tan negra, pensamos muchos.

Se olvidaron para siempre del himno del partido, que entre otras lindezas tildaba a los yanquis de enemigos de la humanidad.

La propaganda dejó de ser rojinegra para reflejarse siempre sobre un fondo de color rosado intenso, que los nicas llamamos rosado chicha, en alusión a una bebida a base de maíz.

Se dejó de lado en buena medida el discurso estatista y centralizador de la economía, a la vez que se empezó a tender lazos y a limar asperezas con la empresa privada, la Iglesia católica y los principales líderes protestantes.

La lista es larga, pero en todo caso se trata de una extraordinaria labor de maquillaje para hacer creer a la gente, que el sandinismo realmente había evolucionado hacia formas más sosegadas y civilizadas de hacer política.

Si todo este proceso fuese una película, probablemente tuviera buenas posibilidades de alzarse con varios Oscar.

La gente suele olvidar que antes de Chávez, Morales y Correa (todos electos democráticamente) estaba Daniel Ortega, quien nunca cejó en su empeño de volver al poder a través del voto popular, y finalmente lo logró después de tres derrotas consecutivas, y a pesar de que no obtuvo ni el 40% de los votos válidos; se quedó en 37.9% y quizás menos porque el 8% de los votos en esa elección –principalmente voto rural y archienemigo de los sandinistas–, nunca fueron contados.

La derrota de 1990 sería determinante para lo que vendría después. Fidel Castro le dio una reprimenda de antología a los hermanos Ortega, porque también son dos: Daniel y Humberto, aunque este último se retiró de toda actividad política y se fue a vivir a Costa Rica, donde disfruta de un exilio dorado.

La decepción de Fidel fue enorme y nunca los perdonó, al punto que hasta hoy les guarda cierto resentimiento

De hecho, en las altas esferas del poder se comenta que la decepción de Fidel fue enorme y que nunca los perdonó, al punto que hasta hoy les guarda cierto resentimiento.

Después de todo si había alguien que podía reclamar la paternidad de la criatura, ese era él y sólo él. En su mundo retorcido no era algo baladí, puesto que había logrado duplicar su experimento de empobrecer y controlar hasta el paroxismo a un país entero.

Este asunto era especialmente preocupante, porque además de los regímenes comunistas que se venían abajo en la lejana Europa Oriental, impelidos por la movilización masiva de la gente en las calles, ahora se sumaba este otro problema.

Acá nomás, en esta su colonia centroamericana, el régimen había caído tras un proceso electoral increíblemente amañado donde la oposición superó obstáculos que parecían insalvables y donde la gente venció el miedo para salir a votar masivamente en contra de sus verdugos. Mal ejemplo y mal precedente para su hacienda personal.

Pero lo peor aún estaba por venir cuando, tras su vuelta al poder, Ortega mantuvo su discurso revolucionario y antiimperialista, pero en la práctica empezó a mostrar una conversión al capitalismo y al libre mercado que haría sonrojar al más radical de los libertarios. Esto, para el barbudo dictador caribeño, no fue otra cosa que alta traición.

De haber conocido el futuro, Castro no se hubiese molestado ni un poco por haber perdido a la mísera Nicaragua, puesto que la historia le deparaba la conquista de la rica Venezuela, pero entonces, él no lo podía saber.

Tras la debacle del sandinismo y de todos los satélites soviéticos en Europa, Fidel vio confirmados sus más profundos temores. La más mínima apertura, la más tímida concesión podría provocar el derrumbe del régimen.

Una cosa era que un dictador de derechas como Pinochet aceptara el resultado del referéndum que ponía fin a su Gobierno, pero otra muy distinta era que una revolución triunfante cometiera la enorme estupidez de entregar el poder a sus enemigos sin más ni más; respetando así la voz de las urnas, la voz del pueblo que les decía: ¡Basta ya!

La orden de Fidel fue tajante: había que desconocer la voluntad popular, aunque ello significase echarse al mundo por montera

Ante tal panorama la orden de Fidel fue tajante: había que desconocer la voluntad popular, aunque ello significase echarse al mundo por montera.

Y a punto estuvo de ocurrir esto mismo, puesto que en el seno del Frente Sandinista había varias corrientes sobre lo que se debía hacer a partir de la derrota electoral.

Finalmente prevaleció la postura de los Ortega-Murillo, que en una mezcla de cinismo y pragmatismo, decidieron que debían hacer creer a todos que aceptaban de buena gana la decisión del soberano.

Al final no era Fidel, sino ellos quienes habían hecho frente a una combativa guerrilla anticomunista, la contra nicaragüense, cerca de 30 mil hombres, mayoritariamente campesinos que lo dejaron todo –sus hijos, sus mujeres, sus animales y sus tierras– para irse a las montañas y a la selva, a luchar por la libertad de su país.

Después de largas discusiones, la decisión final fue la de desobedecer por primera vez las órdenes del comandante en jefe, el amado líder, el querido Fidel. Un par de días después de la derrota, un exaltado Daniel Ortega anunciaba ante una turba de simpatizantes que a partir de ese momento empezarían a gobernar “desde abajo”. Aquellas palabras fueron un presagio maligno de lo que nos esperaba por los siguientes 16 años; a partir de ese momento no tuvimos ni un sólo día de paz.

Después de largas discusiones, la decisión final fue la de desobedecer por primera vez las órdenes del comandante en jefe, el amado líder, el querido Fidel

El FSLN se dedicó a sabotear sistemáticamente a los tres Gobiernos que le sucedieron, en una extraordinaria y prolongada operación de acoso y derribo. Fue una hábil estrategia milimétricamente planificada.

Todos los días había huelgas o asonadas en algún sector, con su correspondiente dosis de violencia y de vez en cuando, también de mártires. Si esta semana estaban en huelga los trabajadores de la salud, la siguiente lo estarían los maestros y luego los estudiantes universitarios, para después seguir los transportistas y vuelta a empezar.

Una minoría perfectamente organizada y altamente motivada nos mantuvo en vilo por más de tres lustros. Hoy que ellos gobiernan ya no hay huelgas, porque de facto no están permitidas.

Así pues la lección quedó aprendida. Nunca más ninguno de los presidentes “revolucionarios” volvería a cometer el mismo error de los sandinistas.

Se hará todo lo que se tenga que hacer: robar, mentir, manipular… matar de ser necesario, con tal de evitar que la "burguesía" retorne al poder. Que para burgueses ya están ellos.

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